lunes, 6 de septiembre de 2010

CAPÍTULO UNO

Había un reciente olor a muerto en toda la habitación. Era un olor triste el que golpeaba las paredes y ventanas como tanteando por donde expandirse. Al teniente Nelson este olor le traía recuerdos de su niñez. Su padre, luego de tomar el desayuno con una calma que sólo la tienen los santos y los locos, dejó abierta en la muñeca de su mano derecha, una ranura gruesa y rojiza de donde la sangre empezó a escapar desesperadamente de su cuerpo, dejándolo sin vida en cuestión de minutos. Nelson encontró a su padre en su cuarto, con la ropa roja y una delgada y endurecida sonrisa en la cara que lo hacía ver como un hombre feliz. Fue la primera vez que Nelson vio sonreír a su papá.
El teniente Nelson empezó a olfatear inconcientemente el olor rancio de la muerte, en ese momento se sintió cerca de su padre, sintió la cercanía de su cuello y casi que lo besó y casi que sintió el pliegue rollizo de su piel en sus manos ásperas de niño. El teniente hizo un prolongado esfuerzo para cerrar el olfato de su memoria y al despertar del trance vio por primera vez las dimensiones de la habitación. Era un cuarto oscuro y vacío y que guarda una exacta simetría con su habitación. Él la viene alquilando desde hace tres meses y desde hace dos empezó a odiar el lugar. El cuarto dónde vive queda en la zona más fría y triste del distrito de Surco, sobre una calle de casas viejas y apariencia solitaria. Atrás se ubica un parque amplio y amarillo en donde las viejas salen al medio día con las manos enredadas de brillantes rosarios y la boca llena de plegarias vacías, a rezar con devoción de desempleado a una virgen de metro y medio, que lleva las manos juntas y la mirada bien arriba, como buscando encontrar a Dios. Nelson detesta vivir en ese cuarto que desde la primera noche le produjo pesadillas y lo ha venido haciendo hasta ahora; pero la plata no le alcanza para aspirar a un espacio más alegre y luminoso.

Alguien entró a la habitación y quedó inmóvil observando el suelo, apoyado en el marco de la puerta. El teniente Nelson sintió un plomísimo olor a cigarro, sintió náuseas y ganas de salir corriendo de ese lugar.

- ¿Qué opinas?

Nelson vio sobre sus hombros la silueta ancha de un sujeto mal oliente que reconoció de inmediato.

-¿Qué opino de qué Ramírez?

Era el teniente Hugo Ramírez, un viejo compañero de oficina de Nelson que, además de andar siempre en gabardina y zapatos en punta, le gustaba trabajar de noche.

- ¿Cómo que de qué, me quieres agarrar de cojudo Céspedes? Qué opinas del cuerpo.

En el medio de la habitación, como si hubiera sido puesto cuidadosamente en el suelo, reposaba el cuerpo blanco de una mujer desnuda. En el torso se veía aflorar pequeñas lesiones oscuras, que en ese cuerpo tan frágil, bien pudo haber sido hechas, mas que con un golpe, con una caricia dura. Desde que entró, Nelson estuvo tan distraído con el olor de la habitación y con los recuerdos de su padre que no se percató del cuerpo que yacía oloroso y perpetuo en el centro del suelo, como una prueba adyacente al dolor.

- Es linda la chica – dijo Ramírez, mientras aplastaba el pucho en la cerradura de la puerta.
- Era.

Quince o dieciséis años, debió tener una linda sonrisa, piernas duras y ágiles, sus padres le pagaron las clases de ballet, la más linda de su clase, la que mejor bailaba, a la salida un chico rubio un poco mayor que ella siempre la esperaba, le sujetaba las manos frías al salir y ella, como brindando un gesto divino, abría largamente la boca y le sonreía, luego caminaban con mucha paciencia a lo largo de…

- ¿En qué piensas?

El teniente Nelson despertó por segunda vez en el día y cayó en cuenta que había pasado veinte minutos desde que llegó al lugar.

- El informe dice que nadie la vio entrar y que nadie ocupó esta habitación durante todo el día, sin embargo las habitaciones son ordenadas y revisadas tres veces al día por dos personas distintas y sólo una de ellos se percató del asunto a las nueve y veinticinco de la noche, cuando el último turno de limpieza es a las ocho y el cuerpo tiene…
- Más de cinco hora pudriéndose en el suelo.

El rostro de la niña se conservaba intacto y lucía lizo y frío como la piel de los santos y las vírgenes o como las grandes vitrinas de cedro o pino.

- ¿El único testigo es el chico de limpieza?
- ¿Piensas ir a interrogarlo a esta hora Céspedes?
- Sí.
- Antes vamos por un café.

Caminaban a lo largo de la tarde roja hasta llegar al malecón, ahí se quitaban los zapatos y las medias y se mojaban los tobillos con el agua espumosa de la playa y tiraban piedras al horizonte jugando pegarle al sol.

- Vamos.